Spišské, Podhradie, Eslovaquia, 25 de agosto de 2010 (Notifam) – Extractos de la exposición del arzobispo de Denver, Charles Chaput, el martes 24 de agosto en el 15º simposio de la Asociación de Derecho Canónico de Eslovaquia:
Los secularistas de hoy han aprendido del pasado. Son más diestros en su fanatismo, más elegante en sus relaciones públicas, más inteligentes en su trabajo para excluir a la Iglesia y a los creyentes individuales de su influencia en la vida moral de la sociedad. En las próximas décadas, el cristianismo se convertirá en una fe que podrá hablar en público en forma cada vez menos libre. Una sociedad donde se le impide una expresión pública vigorosa a la fe es una sociedad que ha configurado al Estado en un ídolo. Y cuando el Estado se convierte en un ídolo, los hombres y las mujeres se convierten en la ofrenda del sacrificio.
Nos enfrentamos a una visión política agresivamente secular y a un modelo consumista económico que resultan -en la práctica, si no en su intención explícita- en un nuevo tipo de ateísmo alentado desde el Estado.
Para decirlo de otro modo: La cosmovisión derivada de la Ilustración que dio origen a las grandes ideologías asesinas del siglo pasado sigue teniendo mucha vitalidad. Su lenguaje es más suave, sus intenciones parecen más amables y su rostro es más amistoso. Sin embargo, su impulso subyacente no ha cambiado –por ejemplo, el sueño de construir una sociedad sin Dios; un mundo donde los hombres y las mujeres pueden vivir bastándose totalmente en sí mismos, satisfaciendo sus necesidades y deseos a través de su propia inventiva.
Esta visión presupone un mundo francamente “post-cristiano” regido por la racionalidad, la tecnología y la reingeniería del bien social. La religión tiene un lugar en esta cosmovisión, pero sólo como un estilo de vida individual circunstancial. Las personas son libres de adorar y creer lo que quieran, siempre que mantengan sus creencias para sí mismos y no pretendan inmiscuir sus idiosincrasias religiosas en el funcionamiento del gobierno, de la economía o de la cultura.
Ahora, como primera impresión, esto podría sonar como una forma razonable de organizar una sociedad moderna que incluye una amplia gama de grupos étnicos, tradiciones religiosas y culturales, diferentes filosofías de vida y distintos enfoques de la vida.
… ¿En qué forma la retórica de la tolerancia iluminista secular se articula en los últimos años con la experiencia actual de los fieles católicos fieles en Europa y Norte América?
En los Estados Unidos, una nación que sigue siendo un 80 por ciento cristiana con un alto grado de práctica religiosa, las agencias de gobierno buscan ahora cada vez más dictaminar cómo deben obrar los ministros de la Iglesia y obligarlos a prácticas que destruirían su identidad católica. Se han hecho esfuerzos para desalentar o tipificar como delito la expresión de ciertas creencias católicas como “discursos de odio”. Ahora nuestros tribunales y las legislaturas toman medidas en forma rutinaria, las que socavan el matrimonio y la vida familiar, y buscan despojar nuestra vida pública de los símbolos y signos de influencia cristianos.
En Europa observamos tendencias similares, aunque marcada por un desprecio más abierto hacia el cristianismo. Los líderes de la Iglesia han sido vilipendiados en los medios de comunicación e inclusive en los tribunales por expresar simplemente la enseñanza católica.
Occidente se está moviendo ahora permanentemente en dirección a ese nuevo “humanismo inhumano”. Y si la Iglesia debe responder fielmente, debemos recurrir a las lecciones que las Iglesias de ustedes aprendieron bajo los totalitarismos.
El catolicismo de resistencia debe basarse en la confianza en las palabras de Cristo: “La verdad os hará libres”.
Vivir en la verdad significa vivir de acuerdo a Jesucristo y a la Palabra de Dios en la Sagrada Escritura. Significa proclamar la verdad del Evangelio cristiano, no sólo con nuestras palabras, sino por medio de nuestro ejemplo. Significa vivir cada día y cada momento a partir de la convicción inquebrantable que Dios vive, y que su amor es la fuerza motriz de la historia humana y el motor de toda vida humana auténtica. Significa creer que vale la pena sufrir y morir por las verdades del Credo.
Vivir en la verdad significa también decir la verdad y llamar a las cosas por su verdadero nombre. Y eso significa sacar a luz las mentiras por las que algunos hombres tratan de obligar a otros a vivir.
Nuestras sociedades en Occidente son cristianas por nacimiento, y su supervivencia depende de la firmeza de los valores cristianos. Nuestros principios básicos y las instituciones políticas se basan, en gran medida, en la moral del Evangelio y en la visión cristiana del hombre y del gobierno. Estamos hablando aquí no sólo de teología cristiana o de ideas religiosas. Estamos hablando de los anclajes de nuestras sociedades: el gobierno representativo y la separación de poderes, la libertad de religión y de conciencia, y lo más importante, la dignidad de la persona humana.
… No podemos renunciar a nuestra historia a causa de cierta preocupación superficial para no ofender a nuestros vecinos no cristianos. A pesar de la palabrería de los “nuevos ateos”, no hay riesgo que el cristianismo fuerce alguna vez a las personas en cualquier lugar de Occidente. Los únicos “Estados confesionales” en el mundo de hoy son los gobernados por las dictaduras islámicas o ateas, que son regímenes que han rechazado la creencia del Occidente cristiano en los derechos individuales y en el equilibrio de poderes.
Yo diría que la defensa de los ideales occidentales es la única protección que nosotros y nuestros vecinos tenemos contra un descenso a nuevas formas de represión, que podrían estar en las manos del extremismo islámico o de los tecnócratas secularistas.
Pero la indiferencia hacia nuestro pasado cristiano contribuye a la indiferencia respecto a la defensa de nuestros valores e instituciones en el presente. Y esto me lleva a la segunda gran mentira en la que vivimos hoy en día: la mentira que no hay una verdad inmutable.
El relativismo es ahora la religión civil y la filosofía pública de Occidente. Una vez más, los argumentos esgrimidos por este punto de vista pueden parecer persuasivos. Teniendo en cuenta el pluralismo del mundo moderno, lo que parece tener sentido es que la sociedad debería buscar afirmar que ningún individuo o grupo tiene el monopolio de la verdad; que lo que una persona considera que es bueno y deseable puede no serlo para otro; y que todas las culturas y las religiones deben ser respetadas como igualmente válidas.
Pero en la práctica vemos que sin la creencia en principios morales y verdades trascendentes inmutables, nuestras instituciones políticas y el lenguaje se convierten en instrumentos al servicio de una nueva barbarie. En nombre de la tolerancia llegamos a tolerar la intolerancia más cruel; el respeto hacia las otras culturas llega a dictar el menosprecio de la nuestra: la doctrina de “vivir y dejar vivir” justifica la vida de los fuertes a expensas de los débiles.
Este diagnóstico nos ayuda a comprender una de las injusticias fundamentales hoy en Occidente: el crimen del aborto.
Me doy cuenta que el permiso para abortar es una cuestión de la legislación vigente en casi todas las naciones de Occidente. En algunos casos, esta licencia refleja la voluntad de la mayoría y se hace cumplir a través de medios legales y democráticos. Y soy consciente que muchas personas, inclusive en la Iglesia, encuentran extraño que nosotros, los católicos en Estados Unidos, todavía hagamos de la santidad de la vida del niño por nacer tan fundamental para nuestro testimonio público.
Déjenme decirles por qué creo que el aborto es el tema crucial de nuestra época.
En primer lugar, porque también en el aborto se trata de vivir en la verdad. El derecho a la vida es el fundamento de todo otro derecho humano. Si ese derecho no es inviolable, entonces no se puede garantizar ningún derecho.
O para decirlo más claramente: el homicidio es homicidio, no importa cuán pequeño sea la víctima.
Aquí hay otra verdad que muchas personas en la Iglesia aún no han considerado plenamente: la defensa de la vida del recién nacido y del no nacido ha sido un elemento central de la identidad católica desde la época apostólica.
Lo digo de nuevo: desde los primeros días de la Iglesia, ser católico ha significado negarse de todas formas a participar en el crimen del aborto -ya sea mediante la búsqueda de un aborto, la ejecución de uno, o haciendo posible este crimen a través de acciones u omisiones en el ámbito político o judicial. Más que eso, ser católico ha significado clamar contra todo lo que ofende a la santidad y la dignidad de la vida tal como ha sido revelado por Jesucristo.
Mi punto al mencionar el aborto es éste: su amplia aceptación en Occidente nos muestra que sin un sustento en Dios o en una verdad superior, nuestras instituciones democráticas pueden muy fácilmente convertirse en armas contra nuestra propia dignidad humana.
Nuestros más preciados valores no pueden ser defendidos únicamente por la razón, o simplemente por sí mismos. No tienen auto-sustentación o justificación “interna”.
No hay razón intrínsecamente lógica o utilitaria de por qué la sociedad debería respetar los derechos de la persona humana. Hay inclusive menos razón para reconocer los derechos de aquellos cuyas vidas imponen cargas a otras, como es el caso con el niño en el útero, los enfermos terminales, o los física o mentalmente discapacitados.
Si los derechos humanos no vienen de Dios, entonces remiten a las convenciones arbitrarias de hombres y mujeres. El Estado existe para defender los derechos del hombre y promover su prosperidad. Nunca el Estado puede ser la fuente de esos derechos. Cuando el Estado se arroga ese poder, hasta una democracia puede convertirse en totalitarismo.
¿Qué es el aborto legalizado sino una forma de violencia profunda con ropaje democrático? La voluntad de poder del más fuerte se da la fuerza de la ley para matar al débil.
Hoy, Occidente se está encaminando en esa dirección.
He sugerido antes que la libertad religiosa de la Iglesia está hoy asaltada mediante formas no vistas desde la época de los nazis y de los comunistas. Creo que ahora estamos en condiciones de comprender mejor por qué.
Escribiendo en la década de 1960, Richard Weaver, un erudito y filósofo social americano, dijo: “Estoy absolutamente convencido que el relativismo debe conducir a un régimen de fuerza”.
Él estaba en lo cierto. Hay una especie de “lógica interna” que lleva del relativismo a la represión.
Esto explica la paradoja de cómo las sociedades occidentales puede predicar la tolerancia y la diversidad, mientras socavan agresivamente y penalizan la vida católica. El dogma de la tolerancia no puede tolerar la creencia de la Iglesia que algunas ideas y comportamientos no deben ser tolerados porque nos deshumanizan. El dogma que todas las verdades son relativas no puede permitir la idea que algunas verdades no pueden ser.
Las creencias católicas que más profundamente irritan las ortodoxias de Occidente son las relativas al aborto, a la sexualidad y al matrimonio de hombre y mujer. Esto no es casual. Estas creencias cristianas expresan la verdad sobre la fertilidad, el significado y el destino humanos.
Estas verdades son subversivas en un mundo que querría hacernos creer que Dios no es necesario y que la vida humana no tiene una naturaleza o una finalidad inherente. En consecuencia, la Iglesia debe ser castigada, porque a pesar de todos los pecados y debilidades de su pueblo, ella sigue siendo la novia de Jesucristo, todavía sigue siendo una fuente de belleza, significado y esperanza que se niega a morir, y sigue siendo todavía la herejía más atractiva y peligrosa del nuevo orden mundial.
Se puede leer aquí la exposición completa de 12 páginas (en inglés)
Versión original en inglés en: http://www.lifesitenews.com/ldn/2010/aug/10082503.html
Monseñor
Chaput: “Ahora parece inevitable la discriminación sistemática contra la
Iglesia”